13 de junio de 2009

Cenicienta!


Creí que mi vida era un cuento maravilloso. Un cuento en el que solamente pasan cosas bonitas y buenas. Lo podría relacionar con la cenicienta. Cuando más lo necesitaba apareció mi hada madrina, y logró que todo lo que me rodeaba se volviese de cuento. Tenía un bonito vestido, unos lindos zapatos de cristal, una carroza espectacular… y también tenía la suerte de tener un príncipe dispuesto a bailar conmigo. Creo que podía ser la envidia de cualquier persona que desease una vida feliz y apacible. Ya que en mi vida de cuento, no había momento para el dolor y el sufrimiento, todo eran alegrías y buen rollo. Eso sí, cual cenicienta, en cuanto el reloj tocase las doce, mi mundo de fantasía desaparecería.
Tuve la ilusión por un momento de que eso no pasase, realmente deseaba seguir fantaseando, era mucho más bonito. Soñé que me quedaría ahí, en ese baile, y que el reloj no correría nunca más. Tuve la esperanza de que al ser una buena chica, mi carroza no se convertiría en calabaza. Pero eso era demasiado pedir. Tal vez el tiempo corrió un poquito más despacio, pero sonaron las doce, y ya no se podía hacer nada más. Mi carroza se convirtió en calabaza, mi bonito vestido volvió a ser un harapo, y mis zapatos de cristal se volvieron espantosos. Tuve que regresar a mi realidad, a mi casa, a tener a mi madrastra constantemente intentando hacerme la vida imposible.
Sufrí ese cambio de actitud de sobremanera. De ser feliz a ser desdichada. De que todo fuese bonito a que todo fuese triste. Tuve que sacar fuerzas de flaqueza y enfrentarme a mi madrastra particular. En un momento dado me dio miedo, ese enfrentamiento podía traer más problemas a mi vida. Pero todo fue bien, mi madrastra dejo de hacerme la vida imposible, y me avisó que mi príncipe azul había regresado para comprobar si el zapato de cristal que había encontrado era mío. Y sí, lo era. Así que ahora vuelvo a vivir en un cuento de hadas precioso.